sábado, diciembre 17, 2005

"Khalil se va a Miami" (Folletín por entregas) - ¡Último capítulo!

Capítulo 5:
Cancelación de ingesta de pizzas de Khalil. Abstinencia, alucinaciones. Secreto revelado, o casi.


Por supuesto, dejé de comer las pizzas de Khalil. En realidad dejé de comer cualquier cosa, tal la repulsión que me quedó. Los que me conocen saben que peso muy poco. Bueno, adelgacé tanto en esos días que llegué a desaparecer y luego empecé a engordar negativamente, y hoy ya tengo mis 60 kilos habituales, pero son kilos negativos. Es decir: peso -60.
A través de mi ventana, desde mi autoreclusión –por esos días me cortaron el cable y lo único que podía ver era el canal local, de ahí que escriba tan mal y hable peor–, veía cada tanto a mis vecinos pasar con una pizza en las manos. ¡Pobres! ¡Me daban lástima!
El tema era Khalil. Era imposible no cruzarme con él. Yo tenía que trabajar, salir de mi casa. Y había algo más: un incipiente síndrome de abstinencia. A pesar de que mi apetito estaba declaradamente muerto, cada vez que veía a un vecino marchar ignorante con su caja de pizza, dispuesto a deleitarse con el semen de Khalil, a mí me sucedían irrefrenables ganas de volver a comer pizzas. Era algo tortuoso, que yo reprimía tanto como podía, pero esa represión sublimaba en nuevas alucinaciones, cada vez más complejas, cada vez más potentes... Parecía Linda Blair girando la cabeza y diciendo la palabra Lacan al revés:
“Nacal”, “Nacal”, pidiendo algo de raciocinio en esa catarata alucinada de imágenes y sensaciones. ¡Que algo o alguien la detuviera! ¡Esa era una maldición subliminar de Khalil! ¡A mí no me engañaban!
Ayer nomás (copyright Los Gatos), atravesaba el patio rumbo a mi cuchitril y de repente estaba caminando frente a la casa de Juanele, que ahora no es más de Juanele, y está enrejada entera y le pusieron unos horropilantes ladrillos vistos falsos, y sus nuevos residentes construyeron un techo alpino para dejar una 4x4 bajo su sombra; en fin, que en vez de estar cruzando mi propio patio, esquivando las mierdas de mis mascotas Chocha y Watson, estaba frente a la casa de Juanele, con sus gatos rodeándome con su aura, y por la esquina, subiendo la barranca reconocí a su perro Prestes, un galgo, que corría con su lengua afuera y su flacura también, y atrás claro, la silueta inconfundible del poeta, su pelo batido, y su caminar dando saltitos, y en cada saltito una calada a su larga pipa y me vio y me recitó:
“Me atravesaba un río, me atravesaba”, y ¡era verdad! ¡Un río, el río Paraná enterito, lo atravesaba! Y el torrente me dio de lleno en la cara, de golpe, el río con la caca fresca de toda la ciudad me inundó las fosas natales y me ahogué, y entonces me acordé que tenía una piragua en mi propia casa, corrí, nadé mejor dicho, sin ver nada, hasta que la encontré y me monté a ella y pude ver al río fluir y la ribera rosa y dorada, rosa y dorada la ribera y los sauces me acariciaban la cabeza y Juanele fumaba y escribía pequeños papelitos con su letra ínfima, y Prestes nadaba como si flotara, como si le diera lo mismo abandonarse en esa masa acuosa, y ¡oh!, allí vi mi amado tocadiscos flotando en mi búsqueda, claro, pensé, este río maldito de Juanele me inundó la pieza, y ahí vino el vinilo de Pappo “Triángulo”, de 1972, año en que nací, y no pude contener las ganas de escuchar un power-trío setentoso, “malas compañías, de todos los días...” y el disco se aceleró más y más y una voz gutural asomó diciendo “Los DJs son todos putos”, “Los DJs son todos putos”... y algo me empezó a lamer, sí, a lamer la cara y abrí los ojos y era mi perra-foca Chocha y me encontraba sentado en mi piragua, en el medio del patio de mi casa, con un disco en la mano; en el mismo patio de siempre con hormigas, caca, y césped, todo bien sequito como siempre y ni rastros de alucinación alguna.
Era Khalil. Eran sus tormentos telepáticos, sumados a la abstinencia y los trastrocamientos químicos y hormonales que me producía. Por ejemplo, me habían crecido un par de tetas que ya se me volvían un poco molestas. ¿Pero hasta cuándo durarían? ¿No hubiera sido mejor enfrentarlo y preguntarle: “Khalil, qué onda, lo que vos hacés con tu semen no es de mi incumbencia, dejame tranquilo yo no le voy a contar a nadie”?
Pero no me dio tiempo. Él apareció con su revelación a cuestas.
Hacía frío, yo ya estaba acurrucado en mi camita con mi bolsa de agua caliente, escuchando menopáusicas en “Brillo de Luna” por Continental, cuando mi perra Chocha se alarmó porque escuchó ruidos afuera, ruidos como de lluvia pero distintos, bueno, me dije, hacía rato que no llovía, enhorabuena, pero mi perra siguió llorando molesta, quiso salir a ver qué pasaba, entonces me levanté, y por el vidrio de la puerta vi que la lluvia no era tal... ¡Era nieve! ¡Nevaba en Paraná! ¿Otra ofensiva paranormal khalilesca? Copos grandes, el patio teñido de blanco como nunca antes, nunca en mi vida me sentí tan cerca de una película navideña... ¡Y en mi propia casa! ¡Nieve blanca recortada sobre el cielo negro, oscuro, pesado, con nubes cargadas de malos presagios!
Abrí la puerta, mi perra Chocha deleitada con el paisaje, salió corriendo y enseguida los copos blancos la tocaron y ella cayó repentinamente, dio un par de estertores y murió. ¡Copos asesinos! Y entonces vi mejor, me acerqué por el alféizar de la puerta y distinguí: no eran copos de nieve, ¡eran copos de muzzarella!
Y la escena era de historieta. Y delante mío, en vez de materializarse “El Eternauta”, se empezó a dibujar la silueta de Khalil, que sonreía vengativo, rodeado de su propia lluvia seminal.
–Es hora de las explicaciones –dijo.
Yo, mudo.
–Sobretodo teniendo en cuenta que fuiste un buen cliente. Aunque no creas que no me daba cuenta que, a veces, tu mamá compraba en la pizzería de la otra cuadra –continuó.
–B-bueno –balbuceé yo–, es que las pizzas salen cincuenta centavos menos...
–Eso ahora no importa. Mañana me voy a Miami. Ya no me verán más. Cesarán tus alucinaciones y el síndrome de abstinencia será cada vez menor. Pero los efectos de mis pizzas son irreversibles. Sabrán de ellos unos cuantos años más adelante –dijo.
–¿Q-qué? ¿A qué te referís? –dije, asustado.
–Me refiero a la propia estupidez de ustedes, los argentinos, al negarse a continuar con la estética de la pizza y el champagne. Yo y un montón de pizzeros más, venimos del futuro a restaurar la historia. La idea fue del Turco Asís, bah, de su cabeza, que ahora está viva como los personajes de “Futurama” en el museo “La usina menemista”. Hicieron falta algunos arreglos biológicos, algunas clonaciones y otras cosas que aparecen en la Muy Interesante y que sólo el futuro y su bio-tecnología pudo brindar. Somos turcos y pizzeros restauradores, y nuestra muzzarella es un agente de cambio diseñado para corregir sus desvíos políticos. Manejamos otros tiempos, los cambios serán imperceptibles, irán sucediendo casi sin que se den cuenta, ya verán. En mi caso, ya está cumplido. Ahora me teletransporto al Miami del futuro, donde tengo casa y pensión de por vida... Fue lindo mientras estuve aquí. Tus visiones fueron únicas y mis pizzas también. Ahora me voy, y acordate que la historia no nos absolverá ni mierda, ja, ja –dijo.
–P-pero –dije– no entiendo mucho...
Y Khalil empezó a desaparecer, junto a la “nieve”. Aunque antes, cual Sai Baba, materializó una última pizza, y dijo:
–Un regalo. Recordá que nunca más volverás a sentir ese gusto –dijo, y desapareció por completo.
Yo, todavía shockeado, mirando mi perra muerta y como el patio volvía a estar verde de nuevo, me comí la última pizza de Khalil. Lástima que no tenía una coca-cola a mano.

Epílogo desde el futuro.
Ahora es 2027, el futuro, claro.
Al otro día de la nevada de muzzarella, la rotisería desapareció con todo su contenido. Ni muebles, ni peceras, ni virgen, ni nada. Sólo el local vacío. Ahora es un centro de teletransportación, el último furor después del auge de los telecentros y el internet. Estoy terminando de escribir antes de irme a una fiesta “retro”: la tarjeta de invitación promete una pastilla de Éxtasis al pagar la entrada, no sé como alguien ha conseguido esas reliquias.
Quiero confesarles algo: todavía extraño las pizzas de Khalil. El síndrome de abstinencia me deparó algunas alucinaciones más, pero nada demasiado despampanante, mejores cosas se pueden lograr con cualquier droga sintética de las que venden en los kioscos. Y yo, bueno, ahora trabajo en la administración pública. Es un lindo puestito, cómodo y seguro. Vivo solo, sin familia, casi sin amigos. Estoy feliz. Como el país entero. ¿Quién no podría estarlo si nuestro presidente Máximo Saúl contraerá matrimonio con una belleza boliviana, llena de dinero?
Sí, amigos.
Todavía extraño las pizzas de Khalil.

FIN