viernes, diciembre 02, 2005

"Khalil se va a Miami" - Capítulo 3º (Folletín por entregas)


Capítulo 3:
Khalil sorprendido en su más cruda intimidad. Horrible descubrimiento.


Ha llegado el momento de las revelaciones más sórdidas. Pero antes, porfi, déjenme recitar para mis adentros aunque ustedes lo tengan que leer, el mantra hare krishna para apaciguar mi pelotero nervioso, porque cada vez que cuento esto, algo me recorre la espina dorsal, y aquella, la vez en que mis ojos vieron lo que no debían, tendría que haberme quedado ciego... Aunque pensándolo bien, no, mejor no me hubiera quedado ciego nada, porque justo por entonces había logrado pincharme del cable y me hubiera puesto aún peor el hecho de no poder disfrutar mis 90 canales...
Procedo, entonces:
Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare.
Ahora sí.
Una noche de invierno volvía a casa tarde, hacía frío y tenía un hambre de locos. Pasé por la puerta de la rotisería de Khalil, y creyéndola abierta (aunque si hubiera prestado atención me hubiera dado cuenta que los pizarrones ya no estaban en la calle y la única luz era la que provenía de la pecera), entré empujando la puerta de vidrio-mantecol.
Enseguida caí en la cuenta que, efectivamente, la rotisería estaba cerrada, pero hubo algo, una especie de resplandor fosforescente que se colaba por los agujeritos de la cortina de hierro, de machimbre, bah, que me hipnotizó y que hizo que mi comportamiento mutara en el de un polizón porque la curiosidad me había picado más que el hambre que llevaba encima.
Luces, sí, como de navidad, probablemente lo eran, y ahora se notaban más porque la luz del local estaba apagada, pero ¡no solamente eso!... y aquí es el instante en que yo debiera haberme retirado con el mismo sigilo con el que entonces me quedé congelado sobre el mostrador, porque yo no tenía nada que hacer ahí, había entrado casi mecánicamente al local, que estaba cerrado, y ahora iba a ser testigo de una sucesión de imágenes para el que ningún humano podría estar preparado. Menos en este pueblo de administradores públicos, que lo más raro que se ha visto es un expediente de 13.524 folios, pero ahí estaba yo, con mi curiosidad exacerbada al máximo, primero por las luces que sugerían nuevas imágenes paranormales, y después sí, los sonidos, y esto merece un punto y aparte.
“Ajgfds... Iíííí”, “Ajgfds... Iíííí”, “Ajgfds... Iíííí”, “Ajgfds... Iíííí”... Era una especie de gemido menos parecido al de la excitación sexual que al de alguien que estaba respirando dificultosamente, y luego de unos segundos algo como un gorgoteo similar al de las canillas, luego un momento de silencio, y otra vuelta a empezar, esos eran los sonidos que se escucharon durante, no sé, diez minutos o más, yo ya estaba agazapado tras el mostrador y miraba instintivamente a la calle para ver si no entraba nadie. ¿Qué era eso? ¿Qué hacía yo ahí? ¿Por qué no estaba escuchando radio en mi cama con la bolsa de agua caliente en mis pies? ¿Por qué no estaba comiendo el flan que mi mamá había dejado en la heladera? Pero no, yo y mi curiosidad, estaba en el negocio cerrado de Khalil, viendo unos destellos de luces y oyendo unos sonidos extraños y queriendo más, más, más, como un adicto a la morfina curándose con cocaína recetada por Freud. ¿Qué eran esos sonidos extraterrestres? ¿Eh? ¿Eh?
De pronto, una voz, que enseguida adiviné como la de la mujer de Khalil preguntó:
–¿Empezamos otra?
–Ehhh... estoy medio cansado –dijo con voz algo extenuada Khalil.
–Pero es que si este fin de semana vendemos tanto como el anterior, no van a alcanzar... –dijo la mujer.
–Bueno, está bien –dijo Khalil.
Y de golpe, y yo casi me muero de la taquicardia, la mujer sale por la puerta de machimbre, yo me tiro de pancita como a una Pelopincho pero al suelo sucio, la mujer aparece atando una bolsa llena de una sustancia blanca, abre la heladera, y deja la bolsa sobre otras y ahí me doy cuenta de que era una horma de muzzarella, se dirige a la puerta de vidrio, y le da dos vueltas de llave, conmigo adentro, agazapado en la oscuridad, y vuelve a escabullirse tras el machimbre del misterio.
Y de nuevo los sonidos: “Ajgfds... Iíííí”, “Ajgfds... Iíííí”, “Ajgfds... Iíííí”, “Ajgfds... Iíííí”... esta vez más largos, más duraderos y entonces yo dije, bueno, basta, aunque en este momento pudiera salir sin hacer ruido, que es lo que tendría que haber hecho, y volver a la seguridad de mi casa, yo sabía que no iba a poder dormir por haberme negado un nuevo asombro, tal era la dependencia que había creado a las visiones khalilescas, después, claro, se me iban a revelar otras dependencias mucho mas dramáticas, pero en ese momento, cual el 25 de Mayo de 1810, yo quería saber de qué se trataba.
Así que mientras ellos seguían concentrados en la producción de sus onomatopeyas, yo me acerqué al mítico machimbre, algo que quería hacer desde siempre, desde que el mundo de Khalil se mostró egoísta en sus manifestaciones, buenas en calidad pero escasas en cantidad, acerqué mi mejor ojo (tengo 1, 50 de miopía en el otro) a uno de los agujeros y me digné a espiar, sí, a espiar, deporte preferido del pueblo al que yo nunca pude sustraerme a pesar de ser un militante crítico de dicha práctica policíaca, pero ahí, en ese momento, en ese lugar, no se antojaba hacer otra cosa.
¡Cáspitas! ¡Rayos y centellas! ¡Que me parta un rayo por haber sido tan mequetrefe! Lo que vi era más repulsivo que descubrir a sus propios padres haciendo el amor, una cosa horrible, los anti-abortistas tendrían que luchar por prohibir la práctica sexual a las parejas que ya tuvieron un hijo, para reducir las posibilidades de presenciar una escena como esa, y así, además, todos serían hijos únicos, malcriados y probablemente gays, y quizás el mundo sería mucho mejor, pero no, lo que vi era peor que esa sensación y no sé cómo contarlo sin adjetivarlo demasiado, intentemos una forma directa y aséptica como cuando los irakíes degollan a los soldados gringos:
Khalil sentado en una silla. Los pantalones bajos. Frente a él, su mujer arrodillada succionando el miembro de Khalil con la boca. Fellatio mecánica. Eso explicaba el ruido “Ajgfds... Iíííí, Ajgfds... Iíííí, Ajgfds... Iíííí, Ajgfds... Iíííí”. Acto seguido, rictus de placer en cara de Khalil. Leve hinchazón de los cachetes de la cara de mujer de Khalil. Inclinación de cabeza de la mujer de Khalil hacia arriba, gárgara con sustancia orgánica proveniente del cuerpo de Khalil. Eso se correspondería con el sonido similar al gorgoteo de la canilla. Luego, mujer de Khalil realiza un buche, toma una bolsa larga y fina –similar al de las hormas de muzzarella– y vuelca el contenido espeso y blanco dentro de la bolsa. Khalil se sube los pantalones y dice:
–Seguimos mañana.
La mujer cierra la bolsa, la levanta, la examina a contraluz y dice:
–Tenemos que terminarla antes del fin de semana.
Yo contengo mis arcadas y veo cómo hacer para escaparme de ese lugar.

(Continúa el próximo viernes con el Capítulo 4 intitulado "El arkhê de la antigüedad clásica es la muzzarella para Khalil. Fumada de porro en mi casa con mis padres.")