Capítulo 4: El arkhê de la antigüedad clásica es la muzzarella para Khalil. Fumada de porro en mi casa con mis padres.
En la antigüedad clásica, los griegos buscaron exhaustivamente el principio de las cosas, el arkhê, el origen, la fuente, el elemento, la génesis de todo.
Así, para Tales de Mileto, ese arkhê era el agua; para Heráclito era el fuego; para Anaximandro de Mileto era to ápeiron, lo infinito; para Anaxímedes el arkhê era el aire; para Parménides era el ser, eterno, uno, el sentido absoluto.
Esa noche en lo Khalil, yo tuve una revelación: el arkhê del mundo marciano de Khalil era la muzzarella. Todo él y su entorno eran de muzzarella. La muzzarella como principio, como origen, como magma, como océano del que todo proviene y del que todo es. Ahí estaba la mujer de rodillas extrayendo el arkhê en una mamada, ahí estaban las antenitas de Nazim erectándose; ahí estaba la puerta de vidrio llena de grasa de muzzarella; y ¡horror! ahí estábamos los cientos de clientes comiendo sus pizzas y haciendo que nuestro propio ser se hibride con su sustancia originaria.
¡Oh Dios! Ese descubrimiento me hizo abandonar mi agnosticismo.
¿Los pescaditos de la pecera serían también de muzzarella? ¿El mostrador? ¿La virgen? No podía dejar de ver en la rotisería algo no reductible a átomos, sino a muzzarella, cuya fuente era ¡Oh Dios!, el mismo Khalil.
¿Y qué pasaba con todos nosotros, con los años de ingesta de sus pizzas? ¿Qué pretendía hacer de sí mismo, de la rotisería, del barrio todo, del mundo en fin? Si hay algo que aprendimos de las series norteamericanos de los ‘50 y los ‘60 fue que los marcianos siempre nos vieron como un todo global, como “terrestres”, no como argentinos, congoleños o italianos.
Esos primeros días fueron los peores de mi vida. Estaba preso con dos cadenas, cuál más pesada.
Una era terrible. Esa noche, luego del shock de lo que había visto, lo único que quería era huir raudamente. Pero ahí lo sobrenatural se interpuso de nuevo en mi camino. Sólo tenía que dar dos vueltas a la llave de la puerta de vidrio, estaba seguro que a pesar del estado nervioso en el que me encontraba, podía hacerlo en silencio, o al menos lo suficientemente rápido como para escapar antes que me vieran. Pero, cuando estaba a punto de llegar a la puerta tropecé con algo, no van a creerlo, eran dos hormas de muzzarella que se habían bajado de la heladera con la intención de hacerme tropezar, cosa que lograron, y yo me estampé de cara contra la puerta de vidrio, ¡broooom!, un estruendo, giré la cabeza y vi a las culpables sonreír con mil bocas y mil ojos, con caras cínicas, fantasmales, me repuse, di vuelta la llave, abrí la puerta, y ahí del otro lado, las figuras de Khalil y su mujer mirándome en silencio. ¡Cómo reemplazaron esas figuras a los fantasmas ahora inocuos –por ejemplo, el fantasma del trabajo– que me perseguían en sueños y que antes me parecían tan terribles a punto de no poder dormir!
Ellos sabían que yo los había visto.
La otra cadena era:
No podía contar nada de lo visto a nadie. ¿Quién iba a creerme que las pizzas que comíamos casi a diario estaban tapizadas con el semen marciano de Khalil? Y si lo creyeran... ¿Cómo comprobarlo? Si la sustancia era muzzarella, tenía gusto a muzzarella, era blanca como la muzzarella, al fin ¡era muzzarella! Tenía que callar mi secreto, no quedaba otra.
Mis padres empezaron a notar un comportamiento raro en mí. El secreto me abrumaba. Dejé de ver a mis amigos de siempre, cambiándolos por nuevos amigos anónimos y lejanos que hacía con el chat. Dejé de asearme, de afeitarme. Dejé de ir a las clases de Reiki que puntualmente me pagaban mis padres. Dejé de preparar matemáticas de 5º año que pensaba rendir de una vez para poder estudiar alguna carrera con futuro, quizás psicología, en la recientemente inaugurada Universidad Autónoma de Entre Ríos. En fin, mi mundo habitual se vio trastocado por ese secreto horrible y desagradable a la vista (¿o ustedes se piensan que la imagen de la mujer de Khalil peteando al susodicho fue algo bello?), que me obsesionaba día a noche. Incluso, dejé de pasar por la puerta de la rotisería. Todos mis comportamientos extraños, y mi dejadez ahora exacerbada hicieron que, un mediodía, sentados a la mesa y con cara de preocupación, mis padres me preguntaran:
–Hijo, ¿estás en la droga?
Oh-oh, pensé yo. Sabía que llegaría al fin este momento. Mis amigos ya me habían contado cómo era, incluso qué inflexión de voz solían poner los padres cuando hacían la bendita pregunta. Salvo que a ellos se la habían hecho a los quince años y no a los veintiocho. No importa, pensé yo, siempre tenía que pensar algo rápido cuando la culpa de vivir con mis padres me abrumaba: Kafka vivió toda su vida en su casa familiar, y quizás este folletín sea mi especie de Metamorfosis; qué tanto.
–Sí, estoy en la droga–, respondí.
Estoy en la droga familiar, en donde según la psicología sistémica yo soy el portavoz de la psicosis producida por el “doble vínculo”, por la comunicación paradójica –la forma en que la familia se comunica–, que crea esquizofrénicos a dos manos. ¿O hay familias normales? ¿Conocen alguna? Sí, estoy en la droga social que produce máquinas serviciales, yo soy un desocupado voluntario, soy a-funcional, y pretendo seguir siéndolo toda mi vida, soy preso de la droga exitista-machista-argentina, soy preso de las cuotas-drogas de los celulares, de internet; estoy en la droga de la lógica burocrática que impregna todo este pueblo infecto de opas balbuceantes que, a la vez, son adictos a la droga de la apariencia social típica de un feudalismo y de la adicción que provocó el peronismo que hizo creer a los trabajadores que con un nombramiento ya está resuelta la vida; estoy en la droga de la pareja en la que se ensaya la comunicación paradójica y que muere, esto lo aprendí con una nota de Symns en la “Cerdos & Peces”, con la economía compartida; soy redrogadicto, papá, mamá: soy recontradrogadicto, pero por lo menos me doy cuenta y no le chupo al culo a empresa y/o cliente alguno; y ahora, si me permiten, luego de esta descarga simbólica, comprometida y militante, que podía haber sido más larga, y debido a presiones de otro orden que vengo soportando desde un tiempo a esta parte, y que por ahora no pienso revelar, si me permiten, les decía, y si no me permiten también, me voy a fumar un porrito que tan gentilmente me cediera mi amigo Pichufleta. Con su permiso.
Y me fumé el porro enterito, en sus caras, incluso tirándoles el humo de manera desafiante, que a ellos, salvo unas primeras caras de desagrado, no pareció importarles demasiado, y a la siesta incluso escuché que se reían un poco.
Después, claro, mi hermano, que habitualmente se levanta a las tres de la tarde, y al que mi mamá informó de la escena, no me habló por un buen tiempo. Pero yo casi ni noté la diferencia.
(Continúa el próximo viernes con el capítulo 5 intitulado: “Cancelación de ingesta de pizzas de Khalil. Abstinencia, alucinaciones. Secreto revelado, o casi.”)
sábado, diciembre 10, 2005
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