viernes, noviembre 25, 2005

"Khalil se va a Miami" - Capítulo 2° (Folletín por entregas)


Capítulo 2:
Khalil y su familia. Prácticas sobrenaturales. La incidencia de la muzzarella en el imaginario de clase. Mala onda del verdulero.


El hijo de Khalil se llama Nazim. ¡Con esos nombres quiere entrar a los EEUU! De su mujer, sólo sé que cuando Khalil está en Santa Fe, donde supuestamente tiene otro trabajo, le da por una verborragia repentina y escabrosa. No falta que uno pida una común y ella salga con el tema de su madre anciana que se hace encima, que está buscando un hogar donde dejarla, que la dentadura le baila en sus cavidades que no sabe qué hacer con el nene si se dedica a atenderla a ella, pero todo contado así como si estuviera hablando del tiempo, y mientras habla medio que mira para abajo porque seguro Khalil le ha dicho que mientras él no esté que se limite a dar el vuelto, pero se ve que ella alguna necesidad tiene porque no es que a uno le interesen esos temas pero siempre indefectiblemente termina hablando de ellos, y uno que es medio perspicaz piensa si en realidad más que hablar necesita que alguien la revuelque sobre una pila de hormas de muzzarella cual la Coca Sarli sobre las medias res, al tiempo que gime y dice NO NO, porque en realidad esa chica uno deduce que fue sacada virgen de su casa, y no debe conocer otros placeres que los marcianos de Khalil que quizás distan muchos de los convencionales-terrestres, como si los hubiera, pero que seguro que alguna vez le dio porque ahí está Nazim como prueba tangible.
Nazim es chiquito, apenas si habla, te mira con ojos desorbitados, se ríe, y cuando se emociona le crecen dos antenitas de muzzarella por atrás de las orejas, en un movimiento atento como el de los perros cuando oyen un ruido extraño. Las antenitas son como las de los caracoles, que cuando uno era chico tocaba para ver como enseguida se encogían hasta casi desaparecer. He visto más de una vez cómo la madre realizaba el mismo movimiento con las antenitas de Nazim para que el barrio no notara esa particularidad, que en pueblos ensimismados y conservadores como este, son pasajes en primera clase a las habladurías y los prejuicios. Pero ya todos saben que Khalil es un marciano, y su hijo Nazim también pero su esposa es bien terrestre y necesita una atención de igual naturaleza.
Ojo, que no es que yo pretenda dársela, ni mucho menos. Sólo lo pongo en evidencia.
Ciertas veces, en ese terreno paranormal y alucinado que es la rotisería, pero que brinda para afuera el más aburrido de los paisajes, con ese decorado kitsch que tanto gustan a los artistas de los `90, suceden imágenes que ni el mismo Blake ni el Tomás de Quincey con su láudano han alucinado.
Había yo encargado mi pizza común característica de los días en que mi madre se retoba de sus tareas domésticas, y como siempre, esperaba la larga espera que le sucede, y miraba y odiaba la heladera llena de hormas de muzzarella por no estar llenas de cervezas y bebidas que tendría que ir a buscar al quiosco, y entonces, como guiadas telepáticamente por Khalil desde atrás del machimbre, las hormas de queso se incorporaron, mientras que el relato del Quini 6 de la radio mutó en música de vodevill, las hormas empezaron a bailar acompasadamente de un lado para otro, como las bailarinas de Moulin Rouge, mientras cantaban con una voz chirle:
“Las pizzas de Khalil,
se hacen esperar
pero es un placer
poderlas degustar
recuerda que ese es un beneficio
que en el mundo,
pocos pueden disfrutar.”
Y entonces, de atrás del machimbre, apareció Nazim, vestido con un pequeño frack y pantalones rayados, una galera en una mano y un bastón que revoleaba circularmente, y en ese momento recordé el nenito muerto de “Cementerio de Animales” cuando reprocha a su madre con su “No es justo, mami. No es justo, mami”, y me miró fijo, abrió la heladera, tomó una horma danzarina, me la obsequió erectando sus antenitas de atrás de las orejas, y se retiró caminando para atrás como el Michael Jackson. La música cesó, las hormas volvieron a su posición, y Khalil apareció transpirado, con el pelo pegado y mi pizza común en su mano diciéndome: son tres con cincuenta.
Pero esas irrupciones sobrenaturales no serían nada si al otro día, Khalil, ahora mimetizado con el más común de los sentidos, se despachara con la siguiente frase:
–Yo no sé qué quieren los piqueteros. Por qué en vez de cortar las rutas y meterse en los Mc Donalds no se dedican a echar a la mierda a todos esos paraguayos, bolivianos y peruanos que hacen que cada vez haya más desocupación.
Y ahí nomás pienso en mi chica, que está terminando su carrera de comunicadora social y está eligiendo su tema para la tesis, y se me ocurre uno inédito y sumamente original para abordar: “La incidencia de la muzzarella en el imaginario de clase”, lo anoto en cuanto vuelvo a casa, como la pizza examinándola detenidamente pensando si ella no es la responsable del lento acostumbramiento de mis sentidos y emociones a las sorpresas surrealistas que me depara cada visita a la rotisería, porque mas allá del espectáculo visual y el desarreglo de los sentidos momentáneos que me producen dichas performances, después mi vida sigue como si nada, como si las cosas que ahí suceden fueran de lo más normales.
Pero de lo que seguro el cúmulo de pizzas digeridas en los últimos meses no me preparó a mí ni a mi chica y a nuestra capacidad de asombro, fue a verlo al mismísimo Khalil en calzoncillos.
Se los relato brevemente:
Era un día de primavera y estaba con mi amor, y seguro que esta frase devino de haber escuchado a Tanguito alguna vez, sino la podría haber construido de otra manera. La cuestión es que volvíamos a casa y de repente se largó una tormenta de esas en que hay que abrir los paraguascas para la lluvia conchaparrones, bien potente, brooom, brooom, hacían los truenos... crash, crash, hacían las ramas de los árboles al quebrarse y de repente pliíííf, se cortó la luz y entonces sólo se veían los faros de los autos y la lluvia que hacía burbujitas sobre el asfalto hasta hace un ratito antes bien caliente, y entonces tomé de la mano a mi chica como en una película argentina –incluso con la luz apagada en la calle mi novia se me antojó como una joven Solita Silveira– y corrimos, corrimos como si llegáramos tarde a un recital de Kaftwerk, esquivando charcos, autos y motomandados y, de repente, llegando a la esquina de casa, un relámpago ilumina la vida justo, justito, en el momento en que pasamos por enfrente de la rotisería de Khalil, y ahí el tiempo se congela, se ralentiza, “2001 Odisea de Espacio”, o “Matrix” cuando Neo esquiva las balas y la cámara lo rodea, en un preciso segundo larguisísimo, la luz impacta sobre Khalil, todo grasoso él, sólo en su calzoncillo rojo, su panza descubierta y su vergüenza también, cuando aparentemente buscaba algo en la caja registradora. Nosotros lo vimos y él nos vio y después de esa noche, durante varias semanas, sólo le pedíamos las pizzas a la mujer. Khalil no se dignó a atendernos por un buen tiempo, cosa que a nosotros nos aliviaba bastante el trámite, porque una imagen como esa no es de las que se olvidan fácilmente, incluso cada vez que destapábamos la caja con la pizza adentro, sobrevenía una imagen holográfica de Khalil en cueros y calzoncillos, sorprendido por la mirada ajena. Restos mnémicos de un marciano sorprendido en su intimidad.
Solo quiero agregar una cosa más antes de pasar al siguiente capítulo. La rotisería de Khalil linda con una verdulería. El verdulero tiene mala onda con él. Una vez me lo sugirió, y yo le pregunté:
–¿Por qué?
–Porque es un sucio dejado–, me contestó.

(Continúa el próximo viernes con el capítulo 3 intitulado "Khalil sorprendido en su más cruda intimidad. Horrible descubrimiento.")