viernes, noviembre 18, 2005

"Khalil se va a Miami" - Capítulo 1º (folletín por entregas)


Capítulo 1:
Khalil es el rotisero que vive en la esquina de mi casa de Paraná, la misma ciudad en que vivió Juanele pero nada que ver.


Yo vivo en Paraná.
La ciudad de Juanele.
En la esquina de mi casa hay una rotisería, que la atiende Khalil. Aunque no tenga nada que ver.
Para pedir una pizza, o un sándwich o empanadas o lo que sea, hay que empujar una puerta de vidrio esmerilada de grasa. Muchas veces, cuando mi mamá me manda a comprar una pizza, sí, mi mamá me manda, porque tengo veintinueve años y todavía vivo en casa, y me la banco, le afano los guantes de lavar y voy enfundado con ellos y abro la puerta con guantes porque me imagino que toda esa grasa no es de la pizza, ni de la cumbia que se escucha de fondo, sino del mismísimo pelo de Khalil, directo al consumidor.
Empujo la puerta, decía, y entonces tengo que esperar que los conectores neuronales de Khalil hagan sinapsis y manden la información y esa información se embote con todos los restos de muzzarella que deben tener sus venas y arterias y los músculos tengan las benditas ganas de moverse y venga a atender con esa cara de qué querés, ah, sí, ahora me acuerdo, tengo una rotisería y tengo que cumplir con ciertos protocolos como escuchar a la gente.
¡Khalil y su concepción tortugosa del tiempo!, que no sé si será la de sus ancestros árabes porque no conozco nada de ellos específicamente ni de los árabes en general, sólo lo que se ve en televisión y las ofertas de comida que ponían en los pizarrones de la Unión Árabe, nada más.
–Khalil, haceme una común –le digo.
–Ehhhhh... –te mira como si le hubieras ofrecido untar con dulce de membrillo las axilas peludas de su mujer y chupárselas hasta depilarla mientras con el muñón de una pierna amputada le acariciaras el clítoris–. Bueno, venite dentro de 15 o 20 minutos–, dice.
Y entonces, oh maldición, se escabulle tras esa cortina aún más sucia que la puerta de vidrio y el misterio invade el lugar y las imágenes fantásticas me revolotean y la pecera que está al lado, esa sí con los vidrios bien limpitos, es un cuadro del Bosco y todo porque en tres años que lleva la rotisería no he podido siquiera asomarme al misterio que se encierra tras ese machimbre y la repisa de metal con cajas vacías de cartón y la estampita de la virgen y los vinos baratos llenos de polvo y, desde hace poco, una lista de precios con letras de molde de madera hecha con estética de maestra jardinera de las de antes, de las que tenían guardapolvos de cuadraditos celestes y blancos chiquitos.
Luego de un rato, reaparece triunfal, todo transpirado, los pocos pelos pegados y la pelada brillante por las gotas no-tan-transparentes, y uno se pregunta si la muzzarella es realmente un tipo de queso o allá atrás del machimbre y la cortina sucia tiene una extraña máquina que se hizo mandar desde Kabul por algún pariente lejano que sirve para transformar esas segregaciones corporales en el éxito del sabor de ese queso, porque, cabe decir, todo el que prueba una pizza de Khalil, quiere volver por más, y como la fórmula de la coca cola, es el secreto mejor guardado.
Como podrán haberse dado cuenta hasta el momento, la rotisería de Khalil es un mundo propio que contiene otros: por ejemplo la pecera antes mencionada y la heladera que no es tal porque como uno supondría las heladeras sirven para conservar el frío, pero la de Khalil siempre tiene la puerta entreabierta, con una cerveza por la mitad (¡juro que una vez me la quiso vender!), hormas gigantes de queso apiladas como ladrillos, la mamadera de su hijo, y yo no me acuerdo de haber visto a la heladera funcionando como heladera, y está bien que los usos de las máquinas no estén predeterminados, pero estoy convencido que esa puede aspirar cómodamente al título de la capital nacional del vaho, tal el olor que emana.
Creo, en fin, que Khalil es un marciano. Un marciano de antepasados árabes, eso sí. No lean en esto ningún prejuicio xenófobico, de verdad no tiene nada que ver con eso. Tengo algunas pruebas: una vez, estaba yo con los sentidos medios embotados, debo reconocer, además la radio de Khalil estaba mal sintonizada, no pudiéndose distinguir si lo que se escuchaba era un partido de fútbol, la publicidad del chamán de la chelva amachónica, el Pare de Sufrir o no sé qué, atrás mío esperaban su turno un grupejo de motomandados vociferantes haciendo sonar sus monedas como los negros del Bronx de los `80 sus cadenas, era cerca de fin de año, me acuerdo, y la pecera estaba rodeada de lucecitas de navidad parpadeantes, y en determinado momento, atrás de esa cortina de hierro pero de machimbre me pareció escuchar:
–Khalil phone home, Khalil phone home.
Y tengo otra prueba, además.
Ustedes no tienen por qué saberlo, pero mi casa tiene un fondo grande, es una casa chorizo, de esas italianas, tiene un fondo grande les decía, y yo tengo mi cuchitril allá al final. En verano, por la misma fecha, estaba yo volviendo de una noche bastante movidita en Macedonia y para reposar mis sentidos antes de acostarme, decido hacer una escala en la hamaca paraguaya que tengo bajo el paraíso, aunque no es paraguaya, porque esa hamaca fue comprada a un pescador en un lugar paradisíaco de la costa ecuatoriana llamada Montañita, así que no puede ser paraguaya sino necesariamente ecuatoriana, la cuestión es que decido recostarme a contemplar el cielo y la luna llena, y, de repente, veo surcar por delante de la esfera blanca una bicicleta voladora y sobre ella, pedaleando en el aire, la silueta inconfundible de Khalil, y en la cesta una de muzzarella que chorreaba y que, juro, salpicó mi frente con una gota de queso todavía caliente.
Y tengo una prueba más de que Khalil es un marciano, que no tiene nada que ver con Juanele aunque viva en Paraná, y que probablemente su esposa no sepa de su condición y a pesar de que la fisonomía del hijo de ambos, Nazim, sea ilusoriamente normal (salvo unas antenitas de las que hablaré más adelante) no me extrañaría que en un futuro se le dé por comer ratas y querer conquistar el mundo como los de “V-Invasión Extraterrestre”.
La tercera y más contundente prueba de que Khalil es un marciano es la siguiente:
Me disponía cierto día a requerir de sus servicios gastronómicos, era el verano de 2002, el país estaba en crisis, yo tenía mi propio medidor que no era el “riesgo país”, sino el aumento del precio de las cervezas y de las pizzas de Khalil, y las asambleas y el estallido era aquello que salía en TV, pero yo ya estaba captado por la dimensión desconocida de la rotisería, que a esta altura se habrán dado cuenta que su categorización es ridícula porque sólo vende pizzas, sería, por lo tanto, pizzería, en fin, yo ya estaba tratando de vislumbrar un punto desde donde reconstruir el holograma que apenas se insinuaba tras la cortina de machimbre que separa la atención al público del corazón de esa máquina marciana, cual el cuartel general de los “Ellos”, yo ya estaba intrigado, seducido, por ese mundo de representación vulgar y simplona, por los secretos que se escondían y que hacía que todo funcionara como si fuera lo más natural del mundo, y, en el momento de entregarme la pizza, Khalil, con un gesto entre compungido, triste y confesional, luego de años de menemismo y de estar soportando las resacas de sus espejitos de colores, y esta es la prueba a la que me había referido, me mira, serio, y me espeta:
–Me voy a Miami.
Yo lo miro.
–A probar suerte.
Lo vuelvo a mirar. En realidad lo sigo mirando. Él dice:
–Primero solo. Si me va bien, mando a buscar a mi familia.
Y en esa cara delimitada por los pelos pegados, húmedos, con su diente de menos, veo toda la injusticia de un país desagradecido, que todavía se empeña en expulsar de su vientre a sus mejores representantes.
Pienso: “Otra vez la fuga de cerebros”. Pero digo:
–Qué se va hacer, Khalil. Es una oportunidad. Si a vos te parece.
Esa pizza no fue igual a las demás. La muzzarella estaba desabrida, como desencantada.
Y yo, en un rapto de egoísmo extremo, digo, pienso, éste no se va nada, y si se va, se va volando con pizzería y todo, porque este es su OVNI y él, él es un marciano.

(Continúa el pxmo. viernes, con el Capítulo II intitulado "Khalil y su familia. Prácticas sobrenaturales. La incidencia de la muzzarella en el imaginario de clase. Mala onda del verdulero.")